Mayores y jóvenes frente a la pantalla: ni atrasados ni expertos naturales
Creer que las personas mayores no entienden la tecnología y que los jóvenes la dominan por haber nacido con ella es una simplificación peligrosa. La vida digital exige algo más que rapidez: requiere comprensión, criterio y lenguaje común.
A muchas personas les ocurre algo parecido. Buscan una noticia, miran un video, consultan información sobre salud, compran un libro, revisan una página de viajes o se detienen unos segundos frente a una publicación. Poco después, la pantalla comienza a mostrarles contenidos similares: anuncios relacionados, videos en la misma línea, noticias parecidas, recomendaciones insistentes.
La sensación puede ser inquietante. ¿El teléfono escucha? ¿Internet sabe demasiado de nosotros? ¿Por qué aparece una y otra vez lo mismo? La pregunta no es ingenua. Al contrario: es una de las preguntas más importantes de nuestra vida cotidiana actual.
Durante mucho tiempo se instaló una idea aparentemente obvia: las personas mayores estarían siempre “atrasadas” frente a la tecnología, mientras niñas, niños y jóvenes, por haber nacido rodeados de pantallas, la dominarían naturalmente. Pero manejarse con esa oposición tan rígida puede ser peligroso. Por un lado, puede hacer que muchas personas mayores se sientan desplazadas, avergonzadas o excluidas de un mundo que también les pertenece. Por otro, puede hacer creer a los jóvenes que no necesitan aprender críticamente aquello que usan todos los días.
La tecnología no debería dividirnos entre quienes “saben” y quienes “no saben”. Más bien debería invitarnos a una conversación común. Porque una cosa es usar una pantalla y otra muy distinta es comprender cómo esa pantalla ordena la información, qué datos recoge, qué contenidos recomienda y qué ideas tiende a reforzar.
Las niñas, niños y jóvenes suelen moverse con una rapidez sorprendente entre teléfonos, tabletas, videojuegos, redes sociales y videos en línea. Deslizan, abren, cierran, comparten, amplían imágenes y pasan de una aplicación a otra con una soltura que puede dejarnos anonadados. Sin embargo, esa rapidez no significa necesariamente comprensión profunda. La investigación educativa en español ha cuestionado el mito de los llamados “nativos digitales”: una revisión publicada en Universitas Psychologica advierte que esta noción presenta problemas, entre ellos la escasez de datos empíricos y las limitaciones metodológicas de varios enfoques que la han sostenido.
En la misma línea, un artículo de la Revista Iberoamericana de Educación sostiene que las narrativas sobre los “nativos digitales” tienden a magnificar las habilidades tecnológicas de los jóvenes y a dejar en segundo plano competencias esenciales para acceder a la información y usarla adecuadamente.
Dicho de otro modo: usar rápido no es comprender mejor. Saber abrir una aplicación no equivale a entender por qué aparece una noticia, cómo se recomiendan ciertos videos, qué datos estamos entregando o por qué una plataforma insiste en mostrarnos contenidos parecidos.
Las palabras que necesitamos comprender
Parte del problema está en el lenguaje. Muchas explicaciones sobre el mundo digital usan palabras que no siempre se entienden de inmediato: datos, inteligencia artificial, perfiles, personalización, algoritmos, sesgos. Para quienes no trabajan habitualmente con ese vocabulario, esos términos pueden sonar lejanos o innecesariamente técnicos. Sin embargo, nombran fenómenos muy concretos que afectan la manera en que nos informamos, compramos, conversamos y formamos opinión.
Comprender esas palabras no es un lujo de especialistas. Es una necesidad cultural. Las personas mayores necesitan entenderlas para no sentirse desplazadas generacionalmente. Y los jóvenes también necesitan entenderlas para no confundir familiaridad con dominio.
La UNESCO sostiene que la alfabetización mediática e informacional se ha vuelto una competencia esencial en un contexto marcado por la expansión de las tecnologías digitales y la multiplicación de fuentes de información. Esta alfabetización busca fortalecer la capacidad de acceder, analizar, evaluar y utilizar la información de manera crítica, ética y responsable.
La misma UNESCO señala que los jóvenes necesitan aptitudes fundamentales para navegar el cambiante entorno de la información y enfrentar los desafíos de la era digital. Esto confirma una idea central: las nuevas generaciones no quedan exentas de formación crítica por haber nacido con pantallas.
¿Qué es un algoritmo?
Una de las palabras que más escuchamos es algoritmo. Puede sonar compleja, pero su sentido básico es más simple de lo que parece. El Instituto Nacional de Tecnologías Educativas y de Formación del Profesorado de España recoge la definición de la RAE: un algoritmo es un “conjunto ordenado y finito de operaciones” que permite hallar la solución de un problema.
Una receta de cocina puede ayudarnos a entenderlo. Indica qué hacer primero, qué hacer después y cómo llegar a un resultado. En el mundo digital, esas instrucciones sirven para ordenar información, clasificar datos, recomendar contenidos o anticipar qué podría interesarnos.
Cada vez que usamos internet dejamos pequeñas señales: una búsqueda, un clic, una compra, un video visto hasta el final, una noticia compartida, una imagen frente a la cual nos detenemos más tiempo. Esas señales pueden ser usadas por las plataformas para estimar qué nos interesa y mostrarnos contenidos parecidos.
Por eso, después de buscar un tema, pueden aparecer anuncios, noticias o videos relacionados. No es necesario imaginar que el teléfono “lee la mente”. Muchas veces basta con que una plataforma haya aprendido de nuestras conductas anteriores.
Esto no es necesariamente negativo. Gracias a estos sistemas podemos encontrar rutas, traducir textos, descubrir libros, escuchar música, acceder a conferencias o recibir recomendaciones útiles. El problema aparece cuando la pantalla comienza a mostrarnos solo una parte del mundo: aquella que se parece demasiado a lo que ya buscamos, creemos o preferimos.
¿Qué es un sesgo?
Otra palabra fundamental es sesgo. Un sesgo es una inclinación, una tendencia, una manera parcial de mirar o interpretar la realidad. Todos tenemos sesgos. No son exclusivos de personas desinformadas ni desaparecen por tener estudios, experiencia profesional o muchos años de lectura.
Uno de los sesgos más importantes es el sesgo de confirmación. Consiste en prestar más atención, aceptar con mayor facilidad o recordar mejor aquello que confirma lo que ya creemos. En términos sencillos: tendemos a buscar señales que nos den la razón. Un artículo académico publicado en SciELO describe el sesgo de confirmación como una tendencia del razonamiento humano a confirmar antes que refutar las hipótesis de partida.
Un ejemplo cotidiano puede aclararlo. Si una persona ya desconfía de una institución, probablemente prestará más atención a las noticias que confirmen esa desconfianza. Si alguien cree que cierto grupo político, social o generacional actúa siempre de una determinada manera, recordará mejor los ejemplos que refuercen esa idea y quizá pasará por alto aquellos que la contradicen.
La tecnología no inventa esa tendencia. Ya existía antes de internet. Lo nuevo es que algunos sistemas digitales pueden reforzarla. Si una plataforma detecta que ciertos contenidos nos interesan, nos emocionan, nos indignan o nos mantienen conectados por más tiempo, puede ofrecernos más contenidos del mismo tipo.
Así, casi sin darnos cuenta, podemos quedar rodeados de ideas familiares. No necesariamente las más verdaderas, ni las más completas, ni las más diversas, sino aquellas que se parecen a lo que ya miramos antes.
El riesgo de la oposición generacional
La oposición entre “mayores atrasados” y “jóvenes expertos” puede ser peligrosa porque produce dos efectos igualmente problemáticos. A las personas mayores puede transmitirles la idea de que la tecnología ya no es para ellas. A los jóvenes puede hacerles creer que no necesitan preguntarse nada porque ya saben usarla.
Ambas ideas son falsas.
No todas las personas mayores están excluidas del mundo digital ni todos los jóvenes lo comprenden críticamente. Hay personas mayores muy activas, curiosas y dispuestas a aprender. Y hay jóvenes que usan tecnología todos los días sin conocer los mecanismos que ordenan lo que ven. La diferencia no está solo en la edad; también está en las oportunidades de aprendizaje, en el acompañamiento, en el diseño de las plataformas y en el lenguaje con que explicamos estos procesos.
La UNESCO ha estudiado la llamada “brecha digital gris” y ha destacado que las personas mayores pueden participar activamente en el mundo digital cuando existen apoyos adecuados, metodologías accesibles y oportunidades reales de aprendizaje. El informe considera experiencias de seis países, incluido Chile.
También es importante reconocer el riesgo del edadismo, es decir, los estereotipos, prejuicios y discriminaciones basados en la edad. La OPS/OMS señala que el edadismo afecta la salud, el bienestar y los derechos humanos de las personas. En el mundo digital, puede expresarse de manera sutil: letras pequeñas, instrucciones poco claras, trámites en línea sin acompañamiento, aplicaciones que cambian constantemente, diseños pensados solo para usuarios jóvenes o explicaciones llenas de tecnicismos.
Pero existe también una forma inversa de descuido: creer que las generaciones jóvenes no necesitan formación crítica porque “ya saben”. Esa idea puede dejarlas sin herramientas para comprender cómo circula la desinformación, cómo se capturan sus datos, cómo se producen las recomendaciones o cómo ciertas plataformas buscan mantener su atención.
Comprender también es participar
La respuesta no consiste en rechazar la tecnología. Sería poco realista y, además, injusto con sus muchas posibilidades. Internet permite acceder a cursos, bibliotecas, archivos, música, conferencias, museos, documentos históricos y conversaciones que antes eran difíciles de imaginar. Para muchas personas mayores, la tecnología puede ser una vía de aprendizaje, comunicación, autonomía y encuentro. Para muchos jóvenes, puede ser también un espacio de creación, participación y expresión.
Pero usar tecnología no significa aceptarla sin preguntas. Al contrario: mientras más presente está en la vida cotidiana, más necesario es aprender a interrogarla.
Podemos preguntarnos: ¿por qué estoy viendo esto?, ¿quién me lo recomienda?, ¿qué otras fuentes podría consultar?, ¿esta noticia confirma demasiado rápido lo que ya pensaba?, ¿estoy leyendo información diversa o solo contenidos parecidos?, ¿comparto esto porque lo verifiqué o porque me produjo rabia, miedo o entusiasmo?
Estas preguntas sirven para todas las edades. Ayudan a las personas mayores a no sentirse desplazadas y ayudan a los jóvenes a no confundir rapidez con comprensión. Nos recuerdan que pensar críticamente no consiste solo en tener opiniones firmes, sino también en revisar nuestras certezas.
En una época de abundancia informativa, el desafío no es únicamente recibir más información. Es aprender a mirar mejor. Y mirar mejor exige tiempo, conversación, contraste y derecho a comprender.
Una cultura democrática no se construye solo con personas conectadas a una pantalla. Se construye con personas capaces de preguntar, dudar, comparar, conversar y disentir. También con tecnologías más claras, más inclusivas y menos excluyentes por edad.
Porque nadie queda fuera del derecho a comprender el mundo en que vive. Y comprender el mundo digital es hoy una parte indispensable de la vida cultural.
Lecturas recomendadas
UNESCO, “Alfabetización mediática e informacional”. Abrir recurso
Recurso institucional en español sobre la importancia de acceder, analizar, evaluar y utilizar información de manera crítica, ética y responsable en entornos digitales.
UNESCO, “Comunicación, información y juventud”. Abrir recurso
Página institucional en español sobre la necesidad de fortalecer las competencias digitales y la alfabetización mediática e informacional de los jóvenes.
UNESCO Institute for Lifelong Learning, “Reducir la brecha digital gris: mejorar el aprendizaje de las TIC para los adultos mayores”. Abrir recurso
Recurso institucional sobre inclusión digital de personas mayores. Presenta un informe elaborado por el Instituto de la UNESCO para el Aprendizaje a lo Largo de Toda la Vida, junto con otras instituciones, que analiza experiencias de aprendizaje digital para adultos mayores en seis países: Baréin, Chile, China, Polonia, Sudáfrica y Estados Unidos.
Organización Panamericana de la Salud / Organización Mundial de la Salud, Informe mundial sobre el edadismo, 2021. Abrir informe
Documento fundamental para comprender cómo los prejuicios basados en la edad afectan la participación, la dignidad, la salud, el bienestar y los derechos de las personas.
PDF directo: Abrir PDF
Fabiola Cabra Torres y Gloria Patricia Marciales Vivas, “Mitos, realidades y preguntas de investigación sobre los ‘nativos digitales’: una revisión”, Universitas Psychologica, vol. 8, n.º 2, 2009, pp. 323-338. Abrir artículo
Artículo académico en español que revisa críticamente la noción de “nativos digitales”. El resumen señala que existe escasez de datos empíricos y limitaciones metodológicas en varias aproximaciones que han sostenido esa idea.
PDF directo: Abrir PDF
Fabiola Cabra Torres y Gloria Patricia Marciales Vivas, “Nativos digitales: ¿ocultamiento de factores generadores de fracaso escolar?”, Revista Iberoamericana de Educación, vol. 50, 2009, pp. 113-130. Abrir artículo
Artículo en español que cuestiona los mitos construidos en torno a las habilidades tecnológicas de los jóvenes. El resumen advierte que esas narrativas pueden magnificar sus destrezas técnicas y dejar en segundo plano competencias esenciales para acceder a la información y usarla adecuadamente. DOI: 10.35362/rie500665.
PDF directo: Abrir PDF

